La crisis política y social en Chile

La crisis política y social en Chile

Transcripción de la conferencia Impartida por el  Dr. Víctor Figueroa Sepúlveda el viernes 13 de diciembre, como parte del Ciclo  de Solidaridad Universitaria con Latino América, organizado por la Secretaría de Actividades Culturales del SPAUAZ

En Chile se discute intensamente sobre el carácter de la crisis que vive el país. Básicamente la discusión se desenvuelve sobre si se trata de una crisis social o una crisis política: social porque involucra a los distintos sectores de la población, y a la entera vida pública; política, porque, de manera notoria, pone en evidencia la ilegitimidad del régimen político: nadie cree en los políticos. En el fondo, en realidad, es una crisis integral. Todas las grandes crisis políticas son finalmente crisis sociales. El punto de partida puede ser un problema social, pero no podemos evitar las causas políticas que dieron lugar a ese tipo de convulsiones. En Chile es una crisis integral que se vincula, además, con movimientos mundiales que hacen pensar en los cambios culturales que está viviendo en este momento la humanidad y que está también viviendo Chile.

Desde el punto de vista social, las causas más evidentes o mejor manifestadas, tienen que ver con la ausencia de derechos que sufre la población a partir de la instauración de la dictadura de Pinochet. Una ausencia de derechos que fue consagrada en la constitución de la dictadura, creada por un poder constituyente formado por cuatro generales. Este régimen sigue apoyándose en las ideas y aportaciones de teóricos, politólogos, gente de leyes, muy capaces, que tuvieron, digamos, la función de mercantilizar todos los derechos sociales. De ahí en adelante todo se puede vender y todo se puede usar para el efecto de la ganancia. No hay derecho social que no se haya mercantilizado, educación, salud,  vivienda, y ojo, tampoco pensiones. Todo eso y más en aras de privatizarse y servir a los fines de la propiedad privada, a los fines de la ganancia.

En Chile, a partir de eso, el lenguaje social y económico empezó a cambiar. Los mercados tomaron la palabra, los mercados sienten, los mercados piensan, los mercados toman decisiones, los mercados pueden tener expectativas o pueden destruir expectativas. De ahí viene la voz que va a orientar finalmente el rumbo de las políticas a ser asumidas por el gobierno: el mercado. Todo mercantilizado. No hay derechos sociales que la constitución pueda dotar como garantías para el pueblo. Otorgarlos sería, como sostenía Pinochet, hacer caso a aquellos que quieren todo del Estado, que creen que pueden vivir del Estado, pidiendo y exigiendo todo. Para el régimen, si hay un Estado que sirve, es el que da garantías y facilidades para aquellos que pueden invertir.

La organización política post-pinochetista en realidad nunca ha sido post- pinochetista. Lo que se hizo fue una prolongación en términos de elecciones y de toda la herencia que para la vida social había dejado Pinochet. Atrapó, entonces, a la política en el marco de conceptos que no ofrecían derechos a la población. Estos marcos fueron adoptados por los políticos y, en un proceso que duró algún tiempo,

 

los políticos los hicieron suyos. Se convirtieron totalmente al esquema neoliberal pinochetista predominante.

¿Por qué ocurrió esto? Hay al menos tres factores que, digamos, importa destacar. El primero, es algo que muchas personas de ese tiempo recuerdan y reviven como estados de ánimo, gestos, o actitudes de política. “Creímos –dicen– que la salida de Pinochet nos iba a abrir nuevos senderos, estábamos todos contentos. Que saliera Pinochet era una gran cosa. En el camino podemos arreglar la situación de aquello que no está resuelto”. La alegría era que Pinochet saliera. Pero en el fondo Pinochet no salió. Ni siquiera salió de las instituciones del  Estado. Una vez que dejó la presidencia del país fue designado comandante general de las fuerzas armadas, lo cual era claramente un acto de protección del régimen. Él estaba en el corazón del poder estatal y la gente así debía percibirlo.

Y claro, luego, desde el punto de vista de las organizaciones políticas, se tomaron muchas otras medidas. El Congreso fue reprimido mediante la imposición de representantes-delegados, es decir, nombrados por la dictadura, también se abrió espacio para que en el Senado participaran ex-presidentes (claro, Allende ya no estaba), acciones que cuestionaban el carácter democrático del Estado en remodelación. Pero, sobre todo, se dio lugar a la integración de un sistema electoral que iba a hacer imposible cualquier cambio fundamental a la constitución. Un sistema binominal que permitía a las dos grandes fuerzas políticas del país compartir el poder, convivir en el poder, sin cambiar para nada la esencia del poder tal como la habían organizado antes. Ese fue el segundo factor, el poder democrático organizado en términos de lo que ellos llamaron “democracia protegida”, que de protección tenía mucho como sistema político para la oligarquía dominante, pero que de democracia tenía muy, muy poco, excepto la ilusión de participar en la vida política porque votas. Ese fue el segundo gran factor que influyó en la consolidación del sistema de dominación.

Hubo un tercer factor que estaba vinculado a la diáspora ideológica de los políticos de izquierda y en particular de muchos dirigentes que en los tiempos de ascenso del poder popular, se presentaron como agentes de la revolución. La diáspora fue rápida, creció con el tiempo y llegó a extremos. Por ejemplo, en estos días, se decidió que el ministro de interior, Chadwick, que fue un militante de izquierda revolucionaria, fuera acusado constitucionalmente por su actuar en la gestión de la represión del pueblo chileno durante estas semanas. Esta diáspora, por supuesto, no es un fenómeno que haya tenido lugar solo en Chile, tomó lugar en todo el mundo. En particular tuvo lugar con fuerza en países sudamericanos, y ustedes han podido apreciarlo igual aquí en México, e incluso aquí en la universidad. Y eso realmente revela que los políticos aparecen, en primer lugar, como gente que tiene en primer lugar objetivos de poder para sí, y no importa dónde los realice. Puede ser zapatista hoy y si mañana gana López Obrador, busca incorporarse a las filas den nuevo gobierno, ¿lo ven? Es importante que, por lo menos hasta ahora, hayamos aprendido una lección: los políticos, y en particular aquellos que tienen formación

 

en la búsqueda del poder, no son necesariamente gente de confianza. A menos de que en sus luchas te den motivos para pensar que se trata de un hombre o una mujer capaz de arriesgar su vida por las causas que dice velar. Cuando pienso en ejemplos de congruencia, pienso siempre en Salvador Allende: “de aquí no me sacan si no es con los pies por delante”. Una gran masa de la militancia de izquierda pisoteó ese ejemplo, aun cuando su enseñanza estaba viva y cercana.

Las izquierdas y el pensamiento crítico perdieron fuerza, fue progresivamente estigmatizado: “son ideas del pasado”, “están rebasados”, “eso ya no sirve”, “estamos en otro mundo, pónganse al día”. A mí me da la impresión de que las movilizaciones de hoy en día en Sudamérica nos están diciendo: la libertad, la dignidad, la democracia, la revolución están fuerte, pero muy fuertemente enraizadas en los sentimientos del pueblo. No son sentimientos superados. Son ideas actuales, sentimientos actuales y las calles son testigos de su lugar en la consciencia universal.

Con todo, el neoliberalismo absorbió por completo la vida política y dio lugar al “pensamiento único” que se hizo dominante en todas partes. Y allá, como en otros lados, dio lugar a una oligarquía política completamente separada de la vida de la población y expuesta alegremente a las presiones del gran poder económico. Tampoco, entre paréntesis, este es un problema de Chile. Pensemos, por ejemplo, en el PRI y el PAN. Desde 1990 para acá conjuntaron lo que parecían ser dos ideologías separadas, y de hecho, hasta cierto punto, lo eran. Porque, en efecto, había pensamientos en el PRI más del lado de ideología social demócrata que del liberalismo o neoliberalismo del PAN en ese entonces. Desde Salinas para acá acordaron que en realidad eran una única fuerza, que unos y otros iban a compartir el poder, a convivir, liberándose de tendencias socialdemócratas, algunos sectores de las cuales terminaron atrapadas por la nueva conducción dominante. Se distribuyeron toda la conducción y administración del país hasta la elección de Andrés Manuel López Obrador. Vivieron juntos, así como vivieron juntos allá en Chile, y juntos organizaron la administración de un sistema neoliberal en México.

Son cosas que pasan en muchos lugares, y que, una otra vez, refuerzan la idea de que cuando uno piensa en política, en primer lugar debe tener en cuenta que, en cada momento, el poder económico está detrás de todo eso, sobre todo el ansia de ganancia, gestionada por los afanes de poder político.

Ahora, en Chile, la desigualdad social es una de las más brutales del mundo. La concentración de la riqueza, en términos relativos por supuesto, es muy superior a la concentración que existe en países tan desiguales como Estados Unidos y Rusia. Allá, en Chile, fíjense ustedes, solo el 2.1% del ingreso, ojo, son datos recientes va al 50% de la población del país. Se dice, en algunos informes, en particular informes de la CEPAL, que la pobreza ha sido reducida, pero la verdad es que ellos usan referentes muy generosos para los gobiernos. Lo que ha demostrado la experiencia chilena es que, en condiciones de crecimiento, la concentración del poder económico ha crecido mientras el poder adquisitivo de la

 

población más pobre, o se ha reducido o ha permanecido estancada, la desigualdad, por consiguiente, ha aumentado. Ese es un problema social, por supuesto.

Fíjense ustedes qué hacen en la política los políticos…. A ver, primero, el umbral de la pobreza está allá establecido en 400 mil pesos, chilenos, por supuesto, eso incluye al 50% de la población, que es la que vive en esas condiciones o hacia abajo. Los políticos, conociendo perfectamente bien esa condición, se asignaron para sí una dieta de 9 millones 340 mil pesos, además de todas las prestaciones en términos de viajes, viáticos, hoteles, secretarios, máquinas, etcétera. O sea, crearon su propio mundo de ricos en un mundo lleno de miseria. Las protestas están muy motivadas por estas injusticias.

Todo esto ha sido, digamos, orientado hacia la demanda de una nueva constitución. Una constitución que de alguna manera aborde la realidad del país, o que, por lo menos, se adapte a la condición de un pueblo que ya no permite más desprecio, más humillación, más desigualdad. La demanda ha sido, en efecto, generalizada y tuvo que ser asumida por los políticos. Lo más probable es que en Chile haya nueva constitución.

Pero el gobierno, a la manera pinochetista, tuvo que cambiar su discurso. Piensen ustedes, la primera respuesta del gobierno fue declarar la guerra al pueblo: “estamos ante un enemigo poderoso y además es implacable, tenemos que reaccionar para derrotarlos”. Y recurrió a lo que es parte fundamental del ADN político pinochetista: la represión. Al principio pensó que había que sacar a las fuerzas armadas, y en un segundo momento, tras la manifestación de alrededor de un millón doscientas mil personas Santiago y de más de 2 millones de gentes en el país, pretendió moderar su reacción. Y sin embargo no pudo, en ningún momento, renunciar a su convicción represiva, la que heredaron de Pinochet. Pinochet tenía que salir a las calles, a reprimir el movimiento de protesta.

Y el saldo, para ser tan pocas semanas, es increíble. Se han documentado 6 muertos, 12 mil 738 atenciones médicas de urgencia, hay 28 mil 210 desaparecidos, en el curso de esta protesta hasta ahora, 633 casos de víctimas con lesiones oculares. Estos casos donde se lastiman o destruyen ojos empezaron a tener lugar desde los primeros días de la protesta, y por lo mismo habían de llamar la atención. Era necesario que las fuerzas represivas, por lo menos moderaran sus ofensivas. En el curso de las investigaciones que ha tenido lugar en estos días de parte de diversas instituciones y también de parte del Instituto Nacional de Derechos Humanos en Chile, se ha llegado a la conclusión de que era absolutamente necesario que los carabineros y los soldados dejaran de apuntarle a la gente por arriba de la cintura. Pasaron los días y nada se hizo. Ya en el curso de las últimas semanas ocurrió que un grupo de los muchachos lesionados perdieron la vista de los dos ojos, es decir, la crueldad represiva no tenía límites. Rostros en lucha que destilan ¡lágrimas de sangre! Y cuando uno piensa en esto después de que los militares y

 

carabineros fueron advertidos de lo que estaba pasando y de lo que podía pasar, piensa uno: ¿cuál es el sentido de mutilar ojos? ¿Acaso quieren borrar la visión del país que esa gente tiene para el futuro? ¿O acaso quieren matar la visión que esa gente tiene del presente?

Ocurrió también que unos muchachos fueron detenidos, los llevaron al cementerio, los pusieron contra la pared -seguro para darles a entender cuál iba a ser su destino-, los obligaron a arrodillarse, y estando arrodillados, les dijeron: “Repitan conmigo: pedimos perdón a Chile”. ¿Qué significa eso? Significa que hay una férrea verdad transmitida por el régimen: “todos los que protestan son unos inconscientes y merecen la muerte”, “quitarle los ojos a un par de muchachos es un asunto menor”. Realmente hay una actualización de los momentos más rudos de la represión pinochetista y se percibe hasta qué punto el gobierno puede llevar su decisión de sostener a como dé lugar el legado de su mentor.

Y, sin embargo, no pudieron ignorar la demanda de una nueva constitución. Era, digamos, y es, una exigencia tan pero tan fuerte, una necesidad tan evidente que hasta tuvieron que considerar impulsarla y así, digamos, aceptar una nueva constitución.

Ahora los políticos buscan los medios por los cuales esa constitución nueva no termine con la herencia de Pinochet. Asumir la conducción del proceso por el cual se realiza la asamblea constituyente en principio no era posible para las masas populares. Ellos salieron a la calle sin plataforma política, simplemente reclamando, simplemente protestando, no contaban con una organización que les permitiera organizar por sí mismos el proceso por el cual se va a crear una nueva constitución. Y entonces los políticos toman la iniciativa dando una respuesta al pueblo y fijan las condiciones en las cuales ellos dicen que debe llevarse a cabo el proceso de renovación constitucional. Pero tampoco podían ya ignorar la magnitud del estallido social. Se acordó llevar a cabo un plebiscito. Ellos, entre cuatro paredes, consultaron a nadie. Es un plebiscito donde esperan que el pueblo resuelva si quiere o no una nueva constitución.

Desde luego, los políticos se dividen entre aquellos que dicen que no y aquellos que afirman que es necesario responder a la demanda social en una especie de esfuerzo para reconectarse con la ciudadanía. Como la demanda es tan absolutamente fuerte y mayoritaria, no quedó más remedio que tenerla en cuenta. Se consultaría a la ciudadanía si se acepta o no una nueva constitución. La consulta misma contiene la esperanza de que la idea de una nueva constitución pueda ser rechazada. Si se acepta también se preguntará:   ¿cómo quiere que la hagamos?,

¿nombramos una convención compartida, que significaría algo así como 50% de constituyentes elegidos por el congreso y el otro 50% elegidos por la sociedad? Aun en el caso de la creación de una asamblea constituyente, la oligarquía política conserva la expectativa de lograr una fuerte participación en la misma. Sin embargo, lo más probable es que la gente, el pueblo, diga: 1) aceptamos nueva constitución,

 

2) aceptamos la asamblea constituyente que esté compuesta por el 100% de constituyentes elegido por el pueblo.

Y frente a esa posibilidad, los políticos maquinan un nuevo método de control, el cual consiste en que cada acuerdo, o más bien dicho, cada artículo de la constitución, debe ser aprobado por dos tercios de la asamblea constituyente. Es el mismo esquema que en el curso de todo este periodo de dominación política impidió que se hicieran cambios importantes a la constitución. Lo retoman argumentando que la idea es lograr una constitución moderada. Lo que en realidad piensan es que esa sería la única forma de evitar cambios reales.

Mientras tanto, paralelamente en el país, se están desarrollando lo que llaman cabildos populares, que son mítines espontáneos organizados por la ciudadanía para discutir los problemas de Chile, para exponer qué es lo que ellos piensan que debe hacerse en el contexto de una nueva constitución, para discutir el Chile que quieren, y esto es, en realidad, un movimiento masivo que se ha extendido en el país, pero no solo en el país, sino también en el exterior. Aquí en México ya existen esas reuniones de cabildos también.

¿Qué puede pasar? Supongamos que efectivamente tenemos una nueva constitución, creada con una participación decisiva del pueblo, lo que ciertamente sería el gran logro de la ciudadanía chilena. Es importante tener presente: los gobiernos progresistas en América Latina han caminado sobre la base de un triunfo similar, un triunfo similar marcado por el hecho de que ninguno de ellos se ha propuesto conseguir la independencia económica y, por lo tanto, se hacen de una u otra manera, soportables para el imperialismo. Y por supuesto, mucho menos se han propuesto luchar contra el capitalismo. Las posibilidades en Chile tampoco trascienden esas limitaciones, no hay conducción política que pueda proyectar la visión de un mundo radicalmente superior. Pero eso no significa que el movimiento chileno no esté protestando con sentido. De hecho, han pasado cosas maravillosas, grandes. En realidad, se ha detonado una emergencia popular que mañana podría proyectarse como una lucha verdaderamente superior.

La esposa de Piñera, ante el estallido, sobre todo cuando se juntaron 1 millón

200 mil personas en la plaza Italia de Chile, señaló: “estamos absolutamente sobrepasados”… es como una “invasión extranjera”, es como si fueran “alienígenas…” Yo no sé si alguna persona en la cúspide del poder pueda describir de manera más cruda y contundente su propio alejamiento de la sociedad. No reconocen a su pueblo, no lo habían visto, nunca se esforzaron por sentirlo. Eso es increíble.

¿Y qué responde el pueblo? En las calles está gritando: “Ustedes tienen el monopolio de los palacios de gobierno. La calle es nuestra. Aquí estamos para que lo sepan. Estamos para decirles que venimos por ustedes, encerrados en esa burbuja de poder, desde donde los bajaremos para que puedan ver que existimos”. Y después de ese levantamiento, yo estoy seguro que mañana, se abrirán las grandes alamedas, como decía Salvador Allende. En realidad, ya se abrieron, mañana seguirán siendo tan anchas como ahora, y el pueblo podrá efectivamente pensar que no solamente se trata de conquistas democráticas, no solamente se trata de conquistas económicas, y así como el pueblo chileno está hoy día buscando su identidad como pueblo, mañana será necesario avanzar en la conquista de la identidad de la sociedad como un todo, la identidad de los seres humanos como un todo.